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Miembros Teatro UIS
OPINAN SOBRE:
XII Festival Iberoamericano de Bogotá
Miembros Teatro UIS
OPINAN SOBRE:
XII Festival Iberoamericano de Bogotá
XII Festival Iberoamericano de Teatro en Bogotá
Tres integrantes del Teatro UIS, que tuvieron la oportunidad de participar en la fiesta más importante de las artes escénicas del país, relatan a Auditorio sus impresiones sobre el evento.
El festival de Fanny
Por: Diana Katherine García Herrera

Tiquetes hacia Bogotá copados, aerolíneas atestadas y hoteles repletos; curiosos, aficionados y profesionales en el tema escogieron Semana Santa para pasarla en Bogotá. Un festival pomposo, lleno de colores, de publicidad y de un riquísimo cronograma, donde colombianos y extranjeros en general degustamos muestras artísticas, ya que en muchas de las salas de nuestros lugares de origen, es poco normal que todos los días se presenten grupos teatrales.

En Bogotá nadie se escapó del festival. Alcaldías, grandes cadenas de almacenes, centros comerciales, etc., se sentían orgullosos de portar el símbolo del festival: Fanny Mikey. Fue una gran fiesta no solo teatral; en ella estaba los hermanos del Teatro como los circos, los grupos de danzas, cuenteros, titiriteros, entre otros.

Tuve la oportunidad de ver el grupo Familie Flöz con la obra Teatro Delusio, de Alemania. Es una exquisita puesta en escena, donde no se pronuncia palabra alguna para contar las historias que suceden detrás del telón, detrás de bambalinas, mientras los actores se alistan para entrar al gran espectáculo. De forma cómica se cuenta lo que puede pasar en la vida real de cualquier teatro, con un elemento adicional: los actores tienen máscaras y, de una manera sorprendente, reflejan en su actuar miedo, risa, aburrimiento, angustia, alegría, sin necesidad de la expresión facial, a través de los movimientos del cuerpo. Una obra limpia en sus acciones, ingeniosa y universal, una verdadera muestra de teatro.

En las calles, la gente no cabía, unos iban, otros venían, todos con un objetivo en la cabeza: “quiero ver teatro”. En las salas, en las universidades, en los parques existía un común denominador, “boletería agotada”. El público se volcó masivamente a ver las artes escénicas y quería devorar las diferentes muestras.

Paralelo a este festival estaba el Festival Alternativo, un festival solidario con entradas al alcance de toda la ciudadanía. Tiene una tendencia hacia la creación colectiva, donde se deja mucho a la imaginación, utilizando primordialmente el juego de la semiótica, el lenguaje de los símbolos y, a veces, lo absurdo. Su común denominador es su constante crítica: a la guerra, a la situación económica y social del país.

En conclusión, como se decía en el festival: «La mejor forma de honrar la memoria de Fanny Mikey es continuar y fortalecer su legado». Su legado es un festival que, por su trabajo y entrega, consiguió convertirse, en 20 años, en uno de los eventos culturales más importantes del mundo. Pero su legado también es promover un movimiento donde se haga costumbre ir al teatro en todas las ciudades del mundo, que la gente vaya a las salas, a las calles, a los parques a ver las artes escénicas. Si lo logramos, tendremos el guiño de una mujer sensible y enérgica. Fanny Mikey nos demuestra una vez más que sí es posible hacer teatro en Colombia, que definitivamente la gente sí quiere ver teatro.
El festival, aunque grandioso, no es suficiente.
Por: Yeisson Rodríguez Escobar

Asistir a un festival internacional de teatro en nuestro país no es cosa de todos los días; ni siquiera es cosa de todos los años. El Festival Iberoamericano de Teatro aparece como un gran evento que presenta espectáculos de todo el mundo y al que realmente vale la pena asistir. Sin embargo, la mayoría de los espectadores sólo sabemos que las agrupaciones que se presentan vienen de muy lejos y ha costado un montón de dinero traerlas. La gente asiste al teatro esperando contar con suerte y presenciar un espectáculo agradable; cuando no es así, el silencio y la diplomacia son las mejores actitudes, pues por extraña que haya resultado la función, no se cuenta con el suficiente criterio para juzgarla y decidir si valió la pena verla, así que aplaudimos igual.

El problema con el festival no es el festival en sí, sino la falta de raseros para medirlo. En mi caso, conté con suerte al asistir a dos espectáculos que fueron de mi completo agrado, y que pude comparar, por lo menos, con el trabajo que nosotros hacemos en nuestra humilde, no proyectada internacionalmente, pero laboriosa agrupación. Por un lado, pude ver el impecable trabajo de una compañía alemana que nos sorprendió, a quienes hacemos teatro, con su jocosa representación de la vida de un teatrista no actor, que vive las funciones tras bambalinas. Y por el otro, vi algo completamente nuevo para mí, como lo fue el teatro negro con luces de neón (¡caramba! ¿Eso existía?), de un colectivo estadounidense con una puesta en escena sin pretensiones, como me gustan a mí, y con mucho despliegue artístico y creativo.

El trabajo de los alemanes me aportó mucho como actor; pues conocí pruebas contundentes de todo el poder expresivo y comunicativo que encierra el cuerpo humano. Y también fue un deleite para mí como espectador; reí como un niño durante toda la función y fue muy emocionante ver de cerca a personas con tantísimo talento como estos tres actores experimentados. Incluso en algún momento, me fue difícil contener las lágrimas de emotividad que me producían pensar en lo divertido y agradable que es actuar y provocar emociones.

El festival, para mí, fue fenomenal, quedé satisfecho con lo que vi, aunque me gustaría haber visto más; lo que me lleva a la conclusión de que el festival, por el alto costo de la boletería, no es para todo mundo, solo para unos pocos. Aunque las salas estuvieron llenas, la cantidad de espectadores es mínima comparada con los habitantes de la capital, y microscópica si la comparamos con la población colombiana, pues el festival sólo se realiza en Bogotá y somos pocos los que viajamos de las provincias motivados por ver teatro.

Por otra parte, el intento del Festival Alternativo de Teatro, el de cubrir un poco más de población con presentaciones de grupos locales de corrientes vanguardistas, es un avance y no debe desmeritarse. Sin embargo no lo recomiendo para aquellos que se quieren estrenar como espectadores de teatro, pues no es un teatro para disfrutar, es más bien un teatro para sufrir y darnos golpes de pecho por la triste historia de nuestro país. Personalmente no es lo que quiero ver. Además, la atención no era la mejor, la cortesía no se vio por ningún lado; ni en forma de buena educación, ni en forma de puntualidad. Tal vez incluso la cortesía es abstracta en estas corrientes de teatro.

Me quedo con el teatro del Festival Iberoamericano, pero también pienso que necesitamos estar preparados para el próximo festival. Aunque la difusión del teatro en Colombia es una obligación, si queremos un Festival Iberoamericano que impacte a la gente no sólo con luces y pólvora colorida sino también con buenos actores, buenas historias y buena literatura, los espectadores también deben ponerse a punto.

Un vistazo al festival
Por: Karoll Rocío Uribe Guarín

Aun cuando no fue posible ver una gran mayoría de espectáculos del festival, un pequeño paso por Bogotá bastó para disfrutar y tener una visión general de la organización.

El espectáculo norteamericano Darwin de Corbian Visual Arts and Dance reafirmó mi gusto por el teatro negro y las nuevas tecnologías bien aplicadas al teatro. Una historia sencilla representada por unos versátiles y habilidosos actores que trazaron en el escenario movimientos limpios y coordinados, para revivir con magia, la aventura de un dinosaurio y su creador.

También logré  fantasear con Teatro Delusio, una obra de teatro alemana en donde las máscaras se hacen cómplices de tres actores para convertirlos en veinte personajes con un excelente desempeño actoral. Teatro Delusio muestra la historia de lo que no se ve en el espectáculo: la tras escena, ese pequeño espacio en donde se quedan las emociones y los sueños de los actores, técnicos y todos aquellos que hacen posible la función; el lugar en el que se conjuga lo cómico, lo trágico y lo dramático de un espectáculo. Es otro espectáculo que no vemos, pero que sentimos. Por eso no hacen falta los diálogos, porque los actores hablan con el cuerpo y además de contar una historia, la hacen sentir a su público. ¿Y al final? Cientos de aplausos y varias venias, no provocadas por el grupo de amigos partidarios de la agrupación, ni por la característica exaltación a lo extranjero; venias, aplausos y silbidos sentidos y reales.

Por otra parte, pude observar un desfile de teatro callejero a modo de comparsa y un grupo de cuenteros que plantearon un interesante ejercicio musical en un espacio abierto e improvisado. Los artistas callejeros tienen una gran responsabilidad en la construcción de espectador porque a su presentación acuden muchas personas que se divierten y generan un criterio negativo o positivo de las artes escénicas.

Los espectáculos de teatro alternativo que conforman el festival paralelo ofrecen en su mayoría un teatro experimental, de tendencia contemporánea. En él, confirmé y aprendí que el espectáculo empieza desde la misma venta de boletas en la taquilla. El público debe ser bien tratado y no visto como “el ignorante que va a asistir a mi maravillosa obra”. Sin embargo, estas situaciones también construyen espectadores con criterio, uno de los mayores logros de este festival.