Teatro UIS Ó 2006-2009
Universidad Industrial de Santander - Dirección Cultural - teatro@uis.edu.co / info@teatrouis.org
Y digo "historias", porque las Historias… tuvieron varias historias, en lo que hace a su nacimiento y a su posterior desarrollo. En principio, nacieron por necesidad. Pero no de autor, sino de teatro. Si yo no hubiese pertenecido a un equipo teatral, a un verdadero laboratorio, como fue el Teatro Fray Mocho de Buenos Aires, creo que no hubiese escrito Historias para ser contadas. Mis necesidades, seguramente, hubiesen sido otras. Porque el clima general del teatro argentino en 1957 (con la excepción de Agustín Cuzzani) predeterminaba un teatro realista, pero realista "realista". Con puertas para salir. Con ventanas para mirar. Con techos para colgar lámparas. ¡Todo un teatro! Un dos más dos igual a cuatro. Como correspondía a nuestro "racionalismo europeo". El problema era que nuestro equipo de Fray Mocho era mucho más latinoamericano de lo que nosotros mismos sabíamos. Nuestros cuerpos se sentían libres, porque presentíamos que habitábamos una nebulosa sin destino concretado (léase Latinoamérica).
Historias de las Historias
Por: Osvaldo Dragún (1981)
(Tomado de: DRAGÚN, Osvaldo. Historias para ser contadas. Girol Books Inc., Ottawa, 2000. Pág. 9-12)
Las puertas y las ventanas, tan concretas ellas, con fines tan eficaces como únicos, se daban de patadas contra nuestras necesidades de entrar por el techo, mirar a través del muro, y volar… volar como después volaron las tías de ese mentiroso colombiano que se llama García Márquez. Yo pertenecí a un equipo que llegó al dos más dos cinco, partiendo de la premisa simple de que no hay nada más libre que el escenario libre de un teatro: libre la imaginación, libres las ideas, libre el hombre. Gozábamos creando nuestra libertad, porque la libertad sólo se puede gozar cuando se la crea. Las Historias… nacieron por necesidad de libertad.

Pero también nacieron gracias a una anécdota popular, típica de nuestra historia nacional. Para nosotros, la censura, la represión, el exilio interno, son hechos cotidianos. Nos rodean. Nos saludan año a año, algunos más otras menos, pero… ¡casi todos los años! En consecuencia, el "chiste político" es uno de los géneros más ricos e inagotables del amargo ingenio argentino. Son chistes que se cuentan en voz baja, para no los escuche "quien no corresponde", sobre la vida y milagros de nuestras grotescas y antiguas clases dirigentes. Más que chistes, son "chismes" históricos. Y un día cualquiera, que caminábamos Buenos Aires con Oscar Ferrigno, pensando cómo pagar el alquiler del teatro, para que no nos desalojasen, asistimos a una sesión de "chismes" entre tres mujeres que pasaban revista a la actualidad nacional, familiar, psicoanalítica a nivel casero, etc., pero bien chismosa. Cada una de ellas asumía con sentido crítico cada uno de los héroes nacionales que surgían inagotables de su ingenio popular. Allí, en estos chismes, nadie usaba ropa. Desde que nacían, bien desnuditos. Como cuando los sirvientes hablan de sus patrones. Era puro teatro. Sin nada. En medio de una feria, entre una lechuga y un tomate, aparecían a la luz de la venganza del pueblo: presidentes, ministros, padres, novios, amantes, toda esa pléyade de grotescos personajes de la historiografía latinoamericana. Mezcla de esperpentos de Valle-Inclán, con cabezudos de Rivera, y dictadores milenarios paradores de diluvios y lunas, a la García Márquez. Era una manera de contar. Y era un género. Y era - ¡cuánto habíamos hablado de él! - un teatro popular. Una estructura callejera, capaz de erguirse en cualquier esquina, en cualquier azotea, en cualquier corral campesino: y una temática que soportaba la gráfica de la historieta. "¡Oscar, esto es lo que tenemos que hacer! ¡El Teatro del Chisme!" Y ese fue otro de los nacimientos de las Historias para ser contadas.

Pero también nacieron las Historias… de la pura historia del teatro argentino. El nuestro fue siempre un teatro realista. Desde la Revolución de Mayo, en 1810, hasta hoy, fue escrito por autores comprometidos siempre con la realidad. Cuando esa realidad se presentó como estable, como posible de ser explicada por lo que parecía ser, ese teatro realista fue "realista". Causa y efecto. Dos más dos, cuatro. Y cuando el piso se movió bajo los pies de los argentinos, y ya nada era lo que parecía ser, y sólo el absurdo quedaba como pared de apoyo para explicarse tanta irrealidad convertida en realidad, el realismo argentino, ése de las puertas y las ventanas tan formales ellas, saltó por los aires, como saltaron las estructuras teatrales. Esas dos líneas de expresión flanquearon siempre una columna vertebral realista, característica de nuestro teatro. Y a esa época de ruptura social, política, ¿y por qué no decirlo?, de aparición de una nueva mitología social, corresponden mis Historias para ser contadas. Por suerte, no podíamos explicarnos por qué. Y no tuvimos más remedio que sentir. Entonces poblamos el escenario de imágenes, no de ideas. De síntesis gráficas, no de explicaciones. Rompimos con la retina de una realidad aparente, para intentar el Espectáculo de la Realidad. El espectáculo rompe con lo rutinario. Lo descoloca. Lo ubica en un nuevo lugar equivocado. Y al hacerlo así, acentúa lo que se mueve interiormente, por las venas abiertas de un país, y de una raza. Hace que los reyes hablen como reyes, pero en la feria. Y que los pordioseros hablen como pordioseros en la real academia. El Espectáculo de la vida cambiada de sitio. Ésa fue siempre una premisa fundamental de nuestro trabajo, como teatro. Y mía, como autor. Y también de esa premisa nacieron las Historias.

Pero también nacieron de la canaleta abierta por un género que está en la base de todo el teatro latinoamericano: el grotesco. El grotesco del absurdo histórico. O el absurdo de la grotesquez histórica. Para quienes dicen que la influencia del grotesco prueba la influencia del teatro europeo en el teatro latinoamericano, y especialmente el argentino (o rioplatense), digo no. Primero, porque la grotesquez ya estaba en nuestra historia. Cuando Pirandello pinineó sus grotescos, ya hacía mucho que habíamos perdido el equilibrio (condición sine qua non del grotesco) delante de demasiados observadores. Y segundo, porque el grotesco europeo no es europeo, ya que su cuna de la baja Italia es más tercer mundo que nuestra misma Buenos Aires. Y sólo el tercer mundo puede producir un absurdo tan vital y comprometido como el grotesco. Europa, con un destino trazado y ya de vuelta, produce el absurdo de sus intelectuales. Pasivo. No comprometido. Minoritario. Pero Latinoamérica, nebulosa irracional en busca de un destino, sólo podía producir, a través de su grotesco absurdo, todo lo contrario: un género activo, comprometido, anarquista, popular, barroco, vital. Si para el absurdo europeo nada tiene sentido, para el absurdo latinoamericano nada tiene sentido, pero igual hay que pelearlo, lo que significa haberle encontrado un sentido: la rebeldía. Y de esta rebelión de la grotesquez nacieron las Historias

Pero nacieron tres. No cuatro. ¿Por qué cuatro ahora? Porque quise cerrar el círculo del grotesco humano de cada día. Si alguna vez el mono se convirtió en hombre para poder comerse a los demás animales, es posible que el único camino sea ahora convertirse en perro para salvarse de los mordiscones de los hombres. Así de simple. Basta poner un periódico delante de un espejo para comprobar que realmente todo esto fue hecho por monos. Pura monería. Y que no estamos lejos de la edad del ladrido, lo prueba tanto himno nacional marcial como escuchamos por la radio y la televisión, mientras sus "compositores" abren las fauces como si fuesen humanos. Yo, no les creo.

Es la primera vez que se publican juntas las cuatro Historias. Por eso, me alegro mucho. De lo que no me alegro es que sigan teniendo vigencia. Eso, lo sufro personalmente, en mi país, todos los días de mi vida.

Osvaldo Dragún
Buenos Aires
1981